Historia de Nueva Zelanda

Los historiadores siguen desenmarañando los primeros años de la historia de Nueva Zelanda... y muchos de sus descubrimientos confirman los relatos tradicionales maoríes. En menos de 1000 años surgieron dos pueblos nuevos: los maoríes polinesios y los neozelandeses europeos (‘pakeha’ en maorí). El país comparte aspectos de su historia con el resto de la Polinesia y otras sociedades de colonos europeos. Esta mezcla cultural ha creado rasgos propios únicos.

Asentamiento maorí

Los primeros colonos de Nueva Zelanda fueron antepasados polinesios de los actuales maoríes. Arqueólogos y antropólogos siguen buscando detalles, pero la teoría más aceptada sugiere que llegaron en el s. xiii. El ADN de los huesos de las ratas polinesias, datadas siglos antes, se considera poco fiable (y no concluyente sobre un asentamiento anterior). Casi todos los historiados creen que la fecha más probable de la llegada de los maoríes es 1280. Los científicos han secuenciado el ADN de los colonos enterrados en el yacimiento de Wairau Bar en la Isla Sur, y han confirmado que procedían del este de la Polinesia. La diversidad genética de los colonos enterrados sugiere un asentamiento a escala bastante mayor, un hallazgo coherente con los relatos maoríes sobre la llegada a las islas de numerosas embarcaciones.

Los primeros asentamientos fueron los cálidos jardines costeros, perfectos para el cultivo de las plantas comestibles traídas de la Polinesia (kumara o boniato, calabaza, ñame y taro), los sitios donde había piedra maleable, para la fabricación de cuchillos y azuelas, y las zonas con abundante caza mayor. Aunque el país no posee mamíferos terrestres autóctonos, a excepción de varias especies de murciélagos, hablar de “caza mayor” no resulta exagerado, pues en las islas habitaban una docena de especies de moa (una gran ave no voladora), la más grande de las cuales podía alcanzar los 240 kg y doblar en tamaño al avestruz... y era presa del Harpagornis moorei, una enorme águila de 15 kg extinguida. Otras especies de aves no voladoras y grandes mamíferos marinos, como los osos marinos, eran presa fácil de los cazadores de las pequeñas islas del Pacífico. Los primeros colonos se expandieron rápido y lejos, desde el extremo superior de la Isla Norte al inferior de la Isla Sur, en los primeros 100 años. Probablemente una dieta alta en proteínas propició el fuerte crecimiento de la población.

Sin embargo, con la disminución de las grandes presas hacia 1400, los maoríes tuvieron que recurrir a piezas más pequeñas (aves del bosque y ratas) y posteriormente al cultivo y la pesca. Aunque todavía se podía vivir bien, se requería un conocimiento más específico de la región, un esfuerzo sostenido y una compleja organización comunitaria, todo lo cual llevó al crecimiento de las tribus maoríes.

La competencia por los recursos también aumentó y con ella los conflictos, lo que propició la construcción de , pueblos fortificados cada vez más sofisticados, de los que todavía pueden verse restos, p. ej. en las cumbres de Auckland.

Los albores del “período clásico” se sitúan hacia el año 1500, cuando los maoríes desarrollaron una estructura social y una estética distintiva. No tenían metales ni lenguaje escrito (ni drogas o bebidas alcohólicas). La cultura tradicional de esa época perdura, incluidas artes interpretativas como la kapa haka (danza cultural) y artes plásticas inconfundibles, sobre todo talla en madera, confección de armas y el pounamu (jade).

Su vida espiritual era también única. Entre Ranginui (padre Cielo) y Papatuanuku (madre Tierra) había varios dioses de la tierra, el bosque y el mar, a los que se fueron sumando antepasados deificados; el pícaro semidiós Maui tenía especial importancia. Según cuenta la leyenda, Maui conquistó el Sol y pescó la Isla Norte antes de morir entre las piernas de la diosa Hine-nui-te-po cuando intentaba llevar la inmortalidad al hombre.

Entrada europea

El primer contacto confirmado entre maoríes y exploradores europeos tuvo lugar en 1642. El marinero Abel Tasman acababa de reclamar la Tierra de Van Diemen (Tasmania) para los holandeses cuando fuertes vientos dirigieron sus barcos hacia el este, y avistó Nueva Zelanda. Los dos barcos de Tasman buscaban tierra hacia el sur y cualquier cosa valiosa que pudiera poseer. Tasman fue instruido para “no mostrarse ávido de metales preciosos ni revelar el valor de los mismos”.

Cuando los barcos de Tasman fondearon en la bahía, los maoríes se acercaron en canoas a darles el tradicional aviso: ¿amigos o enemigos? Los holandeses hicieron sonar las trompetas, y los desafiaron sin darse cuenta. Cuando se echó un bote al agua para mediar, fue atacado y murieron cuatro tripulantes. Sin haber pisado tierra, Tasman se retiró y no volvió; ni ningún otro europeo en 127 años. Pero los holandeses dejaron un nombre: inicialmente “Statenland”, cambió más tarde a “Nova Zeelandia” por los cartógrafos.

El contacto entre maoríes y europeos se restableció en 1769 con la llegada de exploradores ingleses y franceses al mando de James Cook y Jean de Surville, respectivamente. Cook ganó por poco a los franceses, y puso nombre a la bahía de Doubtless antes de que los franceses echaran allí el ancla. La primera exploración gala no acabó bien, con recelos entre los marinos franceses enfermos y los maoríes, uno de los cuales tomaron prisionero (pereció en el mar). Durante una segunda expedición francesa, dirigida por Marc-Joseph Marion du Fresne, tuvieron lugar refriegas sangrientas, cuando malentendidos culturales condujeron a represalias violentas; expediciones ulteriores resultaron más fructíferas. Cook realizó otras dos visitas entre 1773 y 1777. Las exploraciones continuaron, motivadas por la ciencia, los beneficios y la rivalidad política.

Las visitas no oficiales de barcos balleneros en el norte y cazadores de focas en el sur empezaron en la década de 1790, y no afectaron a los maoríes que vivían en el interior. Los primeros misioneros cristianos se establecieron en la bahía de las Islas en 1814, seguidos por muchos más: anglicanos, metodistas y católicos. Los europeos llevaron productos como cerdos y patatas, que beneficiaron a los maoríes y se usaban como moneda. El comercio del lino y la madera generó pequeños asentamientos europeo-maoríes hacia la década de 1820. Los visitantes ‘europeos’ más numerosos fueron probablemente americanos. Los barcos balleneros de Nueva Inglaterra iban a la bahía de las Islas para el descanso y el ocio, lo que significaba sexo y alcohol. Su lugar favorito, la pequeña Kororareka (la actual Russell), era conocida como “Gomorra, la lacra del Pacífico”. Como resultado, los actuales visitantes de Nueva Inglaterra podrían tener familiares lejanos entre los maoríes locales.

Alrededor de una veintena de encontronazos sangrientos jalonan la historia de las relaciones entre maoríes y europeos hasta 1840, pero dado el número de visitas, estos conflictos interraciales podrían calificarse de discretos. Los europeos necesitaban protección, comida y mano de obra maorí, y estos, con el tiempo, productos europeos, en especial mosquetes. Las estaciones balleneras y las misiones se vieron vinculadas a la población indígena a través de matrimonios mixtos, lo que contribuyó a mantener la paz; de hecho, la mayoría de las guerras ocurrieron entre maoríes, como las terribles Guerras de los Mosquetes entre 1818 y 1836. Dado que la mayor parte de los contactos con Europa comenzaron en Northland, la tribu ngapuhi fue la primera en conseguir armas, y al mando de su gran general Hongi Hika, fue conquistando el sur mediante sangrientas victorias sobre otras tribus desprovistas de armas de fuego. Pero cuando las tribus perjudicadas adquirieron armamento cambiaron las tornas, derrotaron a los ngapuhi, realizando a su vez incursiones más al sur. El efecto dominó prosiguió hasta el extremo más meridional de la Isla Sur en 1836. Aunque los misioneros afirmaron que esta sangría disminuyó gracias a su influencia, el reparto equitativo de mosquetes se antoja como una causa más creíble en la restauración del equilibrio de poder.

La población maorí en 1769 se cifra entre 85 000 y 110 000. Las Guerras de los Mosquetes acabaron con unos 20 000, y las nuevas enfermedades (incluidos el tifus, la tuberculosis y enfermedades venéreas) produjeron daños importantes. Afortunadamente, el país gozaba de la cuarentena natural de la lejanía; los europeos infectados se recuperaban o morían durante la larga travesía, y la viruela, p. ej., que causó estragos entre los indios americanos, nunca llegó. Hacia 1840 había aprox. 70 000 maoríes, lo que indica que superaron relativamente bien el choque de civilizaciones.

Problemas del crecimiento

Las tribus maoríes valoraban los beneficios y el prestigio que aportaban los pakehas, además de la protección ante potencias extranjeras. Aceptar la autoridad nominal británica era el medio para conseguirlo. Se nombró el primer representante consular británico, James Busby, en 1833, con competencias simbólicas. Seleccionó la primera bandera oficial del país y estableció la Declaración de Independencia de Nueva Zelanda, pero no podía contener la desenfrenada colonización.

Hacia 1840 el Gobierno británico vencía su reticencia a una intervención potencialmente costosa en el país. Los británicos querían asegurar sus intereses comerciales y creían que los maoríes no podrían gestionar la creciente escala de contactos no oficiales con los europeos. En 1840 ambos pueblos llegaron a un acuerdo, simbolizado en un tratado firmado en Waitangi el 6 de febrero de ese año. El Tratado de Waitangi tiene un estatus similar al de la Constitución de EE UU, pero es más problemático, pues ya de origen hubo una discrepancia entre las interpretaciones británica y maorí. La versión inglesa prometía a los maoríes igualdad total como súbditos británicos a cambio de derechos absolutos de gobierno. La versión maorí prometía que los maoríes conservarían su mandato, lo cual implicaba derechos de gobierno local. El problema no fue importante al principio, porque la versión maorí se aplicaba fuera de los pequeños asentamientos europeos. Pero a medida que esos asentamientos crecieron, se fue gestando el conflicto.

En 1840 había solo 2000 europeos, con Kororareka como capital. Hacia 1850 se habían creado seis nuevos asentamientos, con 22 000 colonos en total. Aprox. la mitad había llegado bajo los auspicios de la New Zealand Company y sus socios. La empresa fue creada por Edward Gibbon Wakefield, que quiso evitar la fase de frontera bárbara con una “civilización inmediata”, pero su éxito fue limitado. Desde la década de 1850, sus colonos, principalmente de clase media-alta, se vieron abrumados por sucesivas oleadas de inmigrantes hasta la gran diáspora británica e irlandesa de la década de 1880, que también pobló Australia y gran parte de Norteamérica. También llegaron pequeños grupos de alemanes, escandinavos y chinos, aunque estos últimos fueron víctimas de prejuicios raciales desde la década de 1880, cuando los pakehas ya rozaban el medio millón.

Gran parte de la inmigración masiva de las décadas de 1850 y 1870 estuvo fomentada por las autoridades provinciales y central, que también emprendieron obras públicas a gran escala, sobre todo en la década de 1870, bajo el mandato de Julius Vogel. En 1876, Vogel abolió las provincias alegando que dificultaban el progreso.

El último gobernador imperial con un poder significativo fue el inteligente y maquiavélico George Grey, que finalizó su segundo mandato en 1868. Desde entonces, los gobernadores (gobernadores generales a partir de 1917) fueron meros jefes de Estado nominales, superados por el jefe de Gobierno o el primer ministro. El Gobierno central, al principio más débil que los provinciales, el gobernador imperial y las tribus maoríes, muchas veces superaba a los tres.

Pero los maoríes no cedieron fácilmente, y su resistencia contra la expansión europea fue siempre firme. El primer choque tuvo lugar en 1843 en el valle del Wairau, hoy una región vinícola, cuando una partida de colonos se propuso imponer el mito del control británico y se topó con la realidad de la supremacía maorí. Murieron 22 de ellos, además de seis maoríes. En 1845, tras el saqueo de un asentamiento británico por parte de Hone Heke, estalló una lucha más encarnizada en la bahía de las Islas. Heke y su aliado Kawiti sorprendieron a tres expediciones de castigo británicas utilizando una variante moderna del poblado fortificado . Restos de estos innovadores terraplenes aún son visibles en Ruapekapeka (al sur de Kawakawa). El gobernador Grey proclamó su victoria en el norte, pero pocos le creyeron. Tuvo más éxito en el sur, donde apresó a Te Rauparaha, temible jefe ngati toa, que había ejercido gran influencia a ambos lados del estrecho de Cook. Los pakehas pudieron con los pocos maoríes que vivían en la Isla Sur, pero los combates de la década de 1840 confirmaron que, en esa época, la Isla Norte era una franja europea en torno a un núcleo maorí independiente.

En la década de 1850, los colonos y sus aspiraciones crecieron, y las hostilidades estallaron de nuevo en 1860, con rebrotes esporádicos hasta 1872 en buena parte de la Isla Norte. Al principio el Movimiento del Rey, que pretendía establecer una monarquía que permitiera a los maoríes una posición más igualitaria respecto a los colonos europeos, vertebró la resistencia. Después, destacados generales profetas se hicieron con el control, en especial Titokowaru y Te Kooti. La mayoría de los conflictos armados fueron de poca envergadura; no así la Guerra de Waikato (1863-1864), en la que, coincidiendo con la Guerra de Secesión norteamericana, participaron barcos de vapor armados, artillería pesada moderna y 10 regimientos de Regulares británicos. Con todo en contra, los maoríes sumaron varias victorias, como la de Gate Pa, cerca de Tauranga, en 1864, aunque al final cayeron frente a la superioridad armamentística y numérica de los europeos. La independencia política maorí, que no la cultural, fue disminuyendo hacia el final del s. xix, y acabó en 1916 con la invasión por parte de la policía de los montes Urewera, su último santuario.

De la fiebre del oro al Estado del bienestar

De la década de 1850 a la de 1880, a pesar de los conflictos con los maoríes, la economía de los pakehas prosperó. La fiebre del oro en la Isla Sur convirtió a Dunedin en la ciudad más grande de Nueva Zelanda, y una población joven, en su mayoría masculina, buscó fortuna en la costa oeste. Preocupado por los desequilibrios en la sociedad, el Gobierno británico intentó atraer a las mujeres para que se establecieran en Nueva Zelanda. Se exportaban grandes cantidades de lana y se concedían exagerados préstamos extranjeros para el desarrollo del ferrocarril y las carreteras. Hacia 1886 la demografía alcanzó un punto de inflexión: la población no maorí había nacido en su mayor parte en Nueva Zelanda. Muchos aún consideraban Gran Bretaña su lejano hogar, pero empezaba a tomar forma una nueva identidad.

La depresión llegó en 1879, cuando los precios de la lana cayeron y la producción de oro disminuyó. El desempleo forzó a algunos trabajadores a emigrar a Australia, y muchos de los que se quedaron sufrieron condiciones laborales míseras. Pero aún había motivos para el optimismo: Nueva Zelanda exportaba con éxito carne congelada en 1882, y crecía la esperanza de un nuevo eje para la economía. Los bosques se talaban para crear granjas.

En 1890 los liberales, el primer partido organizado de Nueva Zelanda, llegaron al poder. Y lo mantuvieron hasta 1912, ayudados por una economía en recuperación. Durante décadas los movimientos de reformas sociales, como el Woman’s Christian Temperance Union (WCTU), habían luchado por la libertad de las mujeres, y Nueva Zelanda se convirtió en el primer país del mundo en aceptar el voto femenino en 1893. (Otra gran reivindicación del WCTU, por la ley seca a nivel nacional, no prosperó.) Se introdujeron las pensiones para los mayores en 1898 pero estos avances sociales no eran buenas noticias para todos. Las pensiones solo se concedían a quienes encajaban en una definición muy particular de “buena persona”, y las reformas de las pensiones excluían a los colonos chinos, que habían acudido para trabajar en los yacimientos de oro. Mientras, los liberales obtenían cada vez más tierras maoríes donde establecerse. En esos momentos la población no maorí superaba a los maoríes en una proporción de 17 a uno.

Construcción de una nación

Nueva Zelanda había apoyado a los británicos en la Guerra de los Bóers (1899-1902) y la I Guerra Mundial (1914-1918), con muchas bajas en esta. Sin embargo, la valentía de las tropas del ANZAC (Cuerpo del Ejército de Australia y Nueva Zelanda) en la fallida campaña de Galípoli perdura como un momento de construcción de la nación. En la década de 1930 la Gran Depresión fue tan dura como en muchos otros países. La mayoría de las ruinosas granjas que se ven en zonas rurales datan de esa época. En 1935 un segundo gobierno reformista salió elegido con una campaña basada en la justicia social: el First Labour Government, liderado por el australiano Michael Joseph Savage. En la II Guerra Mundial Nueva Zelanda declaró formalmente la guerra a Alemania: unos 140 000 neozelandeses lucharon en Europa y Oriente Medio, mientras que en casa, las mujeres eran cada vez más importantes en el mercado laboral.

En la década de 1930 enormes barcos transportaban carne congelada, queso y mantequilla, además de lana, a Gran Bretaña. Con la adaptación de la economía neozelandesa a la alimentación de Londres, se fortalecieron los vínculos culturales. Los niños estudiaban historia y literatura inglesa, no neozelandesa. Los principales científicos y escritores de Nueva Zelanda, como Ernest Rutherford y Katherine Mansfield, se sentían atraídos por Gran Bretaña. Aunque las prestaciones sociales y el sistema educativo eran inferiores en el Pacífico, el nivel medio de vida local era más elevado. Los neozelandeses tuvieron acceso al mercado británico y su cultura, y participaron de esta como iguales. La lista de escritores, académicos, científicos, líderes militares, editores y demás ‘británicos’ realmente neozelandeses es larga.

El país se enorgullecía de su prosperidad, igualdad y armonía social. Pero también era conformista, incluso puritano. La película de 1953 Salvaje, protagonizada por Marlon Brando, estuvo prohibida hasta 1977. La actividad comercial en domingo no se permitió totalmente hasta 1989. Los restaurantes con licencia para servir alcohol apenas existieron hasta 1960, ni los supermercados o la televisión. De 1917 a 1967, los pubs estaban obligados a cerrar a las 18.00 (lo cual, irónicamente, favoreció la cultura de beber mucho y rápido antes de la hora de cierre). Pero no todo era puritanismo. La oposición a comerciar en domingo no se debía tanto a la creencia en la santidad del día festivo, sino en el convencimiento de que los trabajadores también debían tener fin de semana. El cierre a las 18.00 era motivo continuo de broma en las zonas rurales. Siempre hubo cierta contracultura neozelandesa, incluso antes de que las contraculturas importadas arraigaran a partir de la década de 1960.

En 1973 la “Madre Inglaterra” salió corriendo y se unió a la incipiente UE. Nueva Zelanda empezaba a desarrollar mercados alternativos a Gran Bretaña, y a exportar otros productos. Los aviones de gran fuselaje permitían al mundo y a Nueva Zelanda visitarse cada vez más. Las mujeres comenzaban a conquistar los puestos de trabajo de mayor nivel, pasando después a la esfera política; los gais salieron del armario; y los universitarios eran cada vez más numerosos y enérgicos.

Período moderno

A partir de la década de 1930, los maoríes experimentaron una explosión de su población y una urbanización masiva. La esperanza de vida aumentaba, la tasa de natalidad era elevada, y los maoríes se trasladaban a las ciudades para ocupar puestos de trabajo antes propios de pakehas. Casi el 80% de los maoríes vivían en ciudades en 1986, un revés abrumador del statu quo que conllevó un desplazamiento cultural pero a la vez de-sencadenó un movimiento para fortalecer el orgullo de la identidad maorí. También aumentaba la inmigración; primero se permitió la entrada de polinesios como mano de obra, y después de asiáticos (orientales) por su dinero.

En 1984 fue elegido el siguiente gran gobierno reformista de Nueva Zelanda, el Fourth Labour, liderado nominalmente por David Lange, y en la práctica por Roger Douglas, el ministro de Economía. Este gobierno adoptó una política económica más orientada al libre mercado (apodada “Rogernomics”), que gustó a la derecha, y una política exterior antinuclear, que gustó a la izquierda. Los numerosos controles económicos se desmantelaron rápidamente. Al neozelandés medio le inquietaba la política antinuclear, que amenazaba la alianza ANZUS con Australia y EE UU. Sin embargo, en 1985, espías franceses hundieron el buque antinuclear Rainbow Warrior en el puerto de Auckland y murió un miembro de la tripulación. La tibia condena estadounidense de este hecho llevó a la ciudadanía a apoyar la política antinuclear, que se asociaba a la independencia nacional. Los que estaban más preocupados por las cuestiones del mercado no lograron aportar una alternativa convincente. Deleitándose con su nueva libertad, los inversores neozelandeses se lanzaron a un frenesí especulativo y sufrieron más aún que el resto del mundo la debacle económica internacional de 1987.

Desde la década de 1990, un cambio en la inmigración basado en puntos tejía un tapiz cada vez más multicultural en el país. Disminuía la cifra de británicos que llegaban, aunque aumentaba la de nuevas llegadas, sobre todo de Asia, pero también del norte de África, Oriente Medio y varios países europeos. En el 2006 más del 9% de la población era asiática.

En el 2017 Nueva Zelanda tenía una nueva cara frente al mundo. Dirigido por Jacinda Ardern, se formó un gobierno de coalición entre el Labour y el NZ First, con apoyo del Green Party. La tercera mujer primera ministra del país se enfrenta a un acto de equilibrio entre sus partidos gobernantes mientras afronta la crisis de la vivienda y aumenta la inversión en educación y sanidad. La llegada de Ardern se considera el inicio de un período de grandes reformas.

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